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La oposición no puede ser un ritual: el desafío de construir poder social en Colombia

¿Cuántas marchas hacen falta para cambiar una relación de poder? La pregunta atraviesa la reflexión del profesor Carlos Medina Gallego sobre una oposición que, según plantea, corre el riesgo de confundir la movilización con la construcción de poder.

El analista político e historiador Carlos Medina Gallego publicó un artículo llamado La oposición no puede convertirse en un ritual en su red social Facebook el pasado lunes 28 de septiembre de 2026, donde reflexiona sobre las formas de hacer oposición y plantea algunos retos para el contexto colombiano. En este artículo el lector encontrará los principales planteamientos del texto.

Es importante empezar diciendo que Medina Gallego no parte de desconocer la importancia histórica de la movilización. Recuerda que buena parte de los derechos laborales, sociales, sindicales, estudiantiles, campesinos, indígenas y populares han sido conquistados mediante organización, movilización, negociación y conflicto social. El problema aparece cuando, después de una marcha, una concentración o una jornada de protesta, las estructuras que se pretendían transformar permanecen prácticamente intactas.

El desafío, por tanto, no consiste en abandonar la calle, sino en preguntarse qué capacidad real se está construyendo para modificar las relaciones de poder.

El poder no está solamente en el Gobierno

Una de las principales ideas del texto es que una oposición no puede reducir su actividad política al enfrentamiento con el presidente de turno. Los gobiernos administran una parte fundamental del poder, pero existen también grandes concentraciones privadas de recursos, propiedad, inversión, crédito, tierra, empresas y medios de comunicación.

Por eso, sostiene Medina Gallego, la pregunta política no debería ser únicamente quién gobierna, sino también quién acumula, quién controla sectores estratégicos, quién determina las prioridades de inversión, quién captura rentas, quién influye sobre la legislación y quién consigue trasladar sus intereses particulares al conjunto de la sociedad.

Este cambio de perspectiva resulta fundamental. Una oposición puede dedicar enormes esfuerzos a cuestionar los discursos de un Gobierno mientras deja sin estudiar las estructuras económicas y sociales que condicionan muchas de las decisiones públicas.

De la indignación a la organización

El segundo gran problema identificado por el autor es la dificultad para transformar la indignación en organización permanente.

Una multitud no constituye automáticamente una fuerza política. Puede llegar a convertirse en ella, pero necesita estructuras que permanezcan después de la movilización: organizaciones territoriales, formación política, sindicatos, movimientos campesinos y populares, organizaciones estudiantiles, redes comunitarias, medios alternativos, investigación y mecanismos de coordinación.

La marcha debería ser, en esta perspectiva, la expresión visible de un trabajo organizativo que ocurre durante todo el año.

Oposición política

Por eso el texto establece varias diferencias: no basta denunciar, hay que investigar; no basta resistir, hay que proponer; no basta convocar, hay que permanecer organizados cuando termina la convocatoria. Y ahí, en opinión de quien escribe este texto, es donde debería dar línea el llamado Gabinete por la Vida.

El objetivo no sería simplemente llenar plazas, sino construir capacidad política en los territorios, señala Medina Gallego.

No es suficiente con defender reformas

El historiador también advierte sobre otro riesgo: convertir la oposición en una defensa permanente del legado de un gobierno anterior.

Las reformas impulsadas durante la administración de Gustavo Petro pueden ser defendidas por quienes consideran que ampliaron derechos o modificaron relaciones sociales injustas. Sin embargo, para el autor de La oposición no puede convertirse en un ritual, una oposición necesita ir más allá de conservar lo existente y formular un proyecto político propio.

En el escenario planteado en el texto, la llegada del gobierno de Abelardo De La Espriella representa una orientación política diferente, asociada a la recuperación de la inversión privada, la reducción del peso del gasto público y una reestructuración del Estado.

Frente a esas decisiones, la oposición debería analizar sus efectos concretos: qué ocurre con el empleo, los salarios, los derechos laborales, los servicios públicos, la inversión social, la desigualdad, los recursos naturales y la capacidad reguladora del Estado.

La pregunta central sería sencilla, pero políticamente exigente: ¿quién gana y quién pierde con cada decisión?

Ver también: Episodio 05: ¿Qué es la desobediencia civil?

La defensa de la soberanía debe ir más allá de los calificativos

El mismo razonamiento aparece en el análisis de las relaciones con Estados Unidos. La visita del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio a Barranquilla, el 8 de septiembre de 2026, y los llamados “Acuerdos de Barranquilla” abren, según el texto, un campo para discutir asuntos relacionados con economía, seguridad, inversión y cooperación internacional.

Medina Gallego plantea que una discusión sobre soberanía no debería limitarse a los discursos o a los calificativos. Una oposición organizada debería formular preguntas concretas: ¿qué compromisos adquirió Colombia?, ¿qué obligaciones existen en materia de seguridad?, ¿qué empresas o sectores estratégicos pueden verse involucrados?, ¿qué mecanismos de control tendrá el Congreso?, ¿qué información será pública y qué beneficios obtiene cada país?

La idea es trasladar la discusión del terreno de la consigna al de la investigación y el control democrático.

Construir una oposición que sepa para qué se opone

Para Medina Gallego, una oposición tampoco puede limitarse a esperar el fracaso del Gobierno. Necesita construir alternativas en asuntos como economía, seguridad, paz, salud, pensiones, educación, transición energética, política agraria, relaciones laborales, soberanía y relaciones internacionales.

Eso exige regresar a los territorios y escuchar a trabajadores formales e informales, campesinos, comunidades étnicas, mujeres, estudiantes, jóvenes, pequeños empresarios, sectores populares y sectores medios.

La oposición pierde capacidad cuando solamente habla consigo misma.

El planteamiento final del texto puede resumirse en una fórmula: movilización, organización y proyecto. La movilización sigue siendo necesaria, pero no puede reemplazar la organización; la organización necesita objetivos políticos; y los proyectos requieren fuerza social para convertirse en realidad.

Así, el verdadero desafío no sería abandonar la calle, sino superar el ritual. Marchar cuando sea necesario, negociar cuando sea posible, investigar antes de denunciar, organizar siempre y construir alternativas antes de reclamar poder.

Porque una oposición efectiva no se mide únicamente por la cantidad de personas que consigue reunir durante una tarde, sino por su capacidad para organizar sociedad, representar intereses colectivos, defender derechos y modificar democráticamente las relaciones de poder.

La pregunta final, entonces, no es solamente cuántas marchas puede convocar una oposición, sino qué poder social, político, económico y cultural es capaz de construir para que quienes toman las grandes decisiones tengan que escuchar, negociar y responder ante la sociedad.

Para leer el texto completo La oposición no puede convertirse en un ritual, haga clic aquí.

1 comentario en “La oposición no puede ser un ritual: el desafío de construir poder social en Colombia”

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